Hay dramas que empiezas porque te gusta uno de los actores, otros porque la trama parece interesante y después están esos que, desde las primeras escenas, consiguen crear una atmósfera especial. Para mí, Four Hands, Two Sonatas pertenece sin duda a esta última categoría.
El drama cuenta la historia de dos jóvenes pianistas completamente diferentes que se conocen en una prestigiosa escuela de artes. Song Kang interpreta a Kang Pi-o, mientras que Lee Jun-young da vida a Choi Jeong-yo. Dos chicos, dos personalidades opuestas y, sobre todo, dos maneras completamente diferentes de vivir la música.
Lo primero que me llamó la atención fue precisamente el título. “Four hands”, cuatro manos, en música significa que dos personas tocan juntas el mismo piano. Y creo que es una de las imágenes más bonitas que podían haber elegido para representar a estos dos protagonistas.
Cuando se toca a cuatro manos no basta con ser bueno individualmente. Hay que escuchar a la otra persona, adaptarse a su ritmo, saber cuándo ocupar espacio y cuándo dejarle espacio al otro. En la práctica, resulta casi imposible pensar solamente en uno mismo.
Y eso es exactamente lo que ocurre entre Pi-o y Jeong-yo.
Kang Pi-o es prácticamente el chico perfecto que todos imaginaríamos en una escuela de este tipo. Es brillantísimo, preciso, elegante y está acostumbrado a llegar siempre primero. Ha estudiado durante años para alcanzar un nivel altísimo y parece tenerlo todo bajo control. Solo que, detrás de esa perfección, también existe muchísima presión.
Su talento no significa vivir sin miedo. Al contrario, parece casi que cuanto mejor se vuelve, más miedo tiene de perder todo lo que ha conseguido.
Entonces llega Choi Jeong-yo y todo cambia.
Jeong-yo ha tenido una vida muy diferente. Ha pasado por una infancia difícil y posee un talento mucho más instintivo, libre e imprevisible. No tiene la misma forma ordenada y controlada de Pi-o. Cuando se sienta frente al piano, parece dejarse llevar completamente por la música.
Y justamente eso es lo que hace que su relación sea tan interesante.
No son simplemente el primero y el segundo de la clase. Son dos chicos que, al mirarse, empiezan a ver todo aquello que a ellos mismos les falta.
Pi-o ve en Jeong-yo una libertad que probablemente nunca se ha permitido. Jeong-yo, en cambio, se encuentra frente a alguien que ha transformado el talento en disciplina, estudio y constancia.
Al principio, su relación nace inevitablemente como una competición. Los dos quieren ser reconocidos. Los dos quieren demostrar lo que valen. Pero cuanto más se enfrentan, más evidente resulta que el otro no es solamente un rival.
También es alguien capaz de hacerlos mejorar.
Y esta es una de las cosas que me parecen más realistas de Four Hands, Two Sonatas. A veces pensamos que una persona que nos pone en dificultad automáticamente debe ser un enemigo. Pero puede ser precisamente esa persona la que nos ayude a descubrir algo de nosotros mismos que quizá nunca habríamos encontrado solos.
El drama sigue su recorrido entre adolescencia, música, crecimiento y sueños, mostrando lo complicado que puede ser descubrir quién queremos llegar a ser cuando tenemos delante un futuro enorme pero todavía completamente por escribir.
Junto a ellos encontramos también a Hong Jae-in, interpretada por Jang Gyu-ri, una joven violista que entra en su mundo y completa el núcleo principal de la historia.
Pero, en mi opinión, el verdadero protagonista invisible del drama sigue siendo el piano.
No es simplemente un instrumento colocado allí porque la historia esté ambientada en una escuela de música. A través del piano entendemos a los personajes incluso cuando ellos no dicen nada.
Hay quien toca para demostrar algo.
Quien toca porque no sabe imaginar otra vida.
Quien quiere ser el mejor.
Y quien intenta escapar de su propio talento para terminar regresando inevitablemente a él.
Me encanta este aspecto porque la música se convierte casi en otro idioma.
Tal vez por eso una escuela artística sea el escenario perfecto para una historia como esta.
Desde fuera, las escuelas de artes escénicas parecen mundos maravillosos: música, danza, espectáculos, chicos con muchísimo talento y el sueño de subir algún día a un escenario importante.
Pero detrás de todo eso también existen ensayos, competición, horas y horas de estudio, el miedo de no ser suficientemente bueno y la comparación constante con otras personas que quizá tienen exactamente el mismo sueño que tú.
Y tener dieciséis años en un ambiente así también significa aprender muy pronto que amar algo no significa necesariamente vivirlo siempre con ligereza.
Puedes amar profundamente la música y, al mismo tiempo, sentir todo su peso.
Puedes desear muchísimo actuar y tener miedo de equivocarte.
Puedes alegrarte por el éxito de un amigo y, al mismo tiempo, preguntarte por qué esa vez no te tocó a ti.
Es una contradicción que, en mi opinión, Four Hands, Two Sonatas consigue contar muy bien.
La rivalidad entre Pi-o y Jeong-yo se convierte así en algo mucho más interesante que la típica competición entre dos chicos con talento. Su relación atraviesa momentos en los que parecen perfectamente sincronizados y otros en los que la comparación constante amenaza con separarlos.
Y esta dinámica es probablemente una de las partes que más me fascinan.
Porque cuando alguien posee el mismo talento que tú, comparte tu mismo sueño y es lo suficientemente bueno como para poder superarte de verdad, resulta muy difícil entender dónde termina la amistad y dónde empieza la competición.
Pero quizá crecer también significa aprender que nosotros no somos menos buenos simplemente porque otra persona sea extraordinaria.
Song Kang y Lee Jun-young funcionan muy bien juntos precisamente porque transmiten dos energías completamente diferentes. Song Kang interpreta a un chico más controlado, aparentemente perfecto, mientras que Lee Jun-young da vida a un personaje más espontáneo, intenso e instintivo.
Basta verlos frente al mismo piano para percibir la diferencia.
Uno parece pensar cada nota.
El otro parece sentirla.
Y cuando sus mundos empiezan a encontrarse, la música cambia para los dos.
El significado de “four hands” se vuelve entonces cada vez más importante. Dos personas sentadas ante el mismo piano no pueden simplemente intentar tocar más fuerte que la otra. Si lo hicieran, el resultado sería solamente confusión.
Tienen que aprender a escucharse.
Y quizá esta sea la parte más bonita del drama: dos chicos que han crecido pensando que tienen que convertirse en los mejores descubren poco a poco que existen momentos en los que no importa quién brilla más.
Lo importante es conseguir crear algo juntos.
Porque crecer cuando tienes un gran sueño es maravilloso, pero no siempre es fácil.
A los dieciséis años puedes sentirte lo suficientemente mayor como para saber exactamente lo que quieres y, cinco minutos después, tener la sensación de no saber absolutamente nada.
Quieres ser independiente, pero todavía necesitas que alguien crea en ti.
Quieres ganar, pero no quieres perder a las personas que quieres.
Quieres llegar a ser increíblemente bueno, pero a veces simplemente desearías dejar de tener miedo de no serlo lo suficiente.
Y quizá por eso una historia como Four Hands, Two Sonatas puede llegar incluso a quienes nunca han estudiado piano.
Porque, al final, no habla solamente de música.
Habla de chicos que están intentando entender cuál es su lugar en el mundo.
Habla de talento, expectativas, amistad, celos, sacrificios y sueños.
Y habla, sobre todo, del encuentro con esas personas que llegan a nuestra vida y que, aunque al principio parezcan complicarla, terminan cambiando completamente su melodía.
Pi-o y Jeong-yo podrían pasar años intentando decidir quién de los dos es el mejor pianista.
Pero quizá esa no sea la pregunta más importante.
Quizá la verdadera pregunta sea si conseguirán entender que ser rivales no significa necesariamente ser enemigos y que alguien puede desafiarte, hacerte enfadar, obligarte a superar tus límites y convertirse, aun así, en una de las personas más importantes de tu vida.
Al fin y al cabo, cuatro manos sobre el mismo piano funcionan exactamente así.
Cada una tiene sus propias notas.
Cada una tiene su propio espacio.
Pero la música más bonita solo empieza cuando aprenden de verdad a escucharse.



